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Anotaciones sobre racismo y razas
Publicado 23 junio 2020


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El hombre morfológicamente moderno, especie que el naturalista Carl von Linné (siglo XVIII), en un asomo de benevolencia, denominó Homo sapiens, apareció en África hace cerca de 300.000 años.  Provino de una especie de hombre arcaico, H. erectus, también de origen africano, y se formó a partir de un “cuello de botella genético”, o sea, de una reducida población fundadora, lo que implicó una dotación genética (el llamado pool genético) bastante homogénea.

Originariamente, por lo tanto, somos todos africanos, y fue en la fase africana anterior a las migraciones hacia afuera de África que se desarrolló el hombre conductualmente moderno, inventor de la ingeniosa cultura leptolítica (de pequeñas herramientas) que le permitió éxitos incalculables en la relación con el medio ambiente. En cuanto a los mitos, ascienden, ciertamente, al origen del lenguaje verbal, articulado, comportamiento en evolución probablemente desde hace dos millones de años, perfeccionado por fases a través de sucesivas especies del género Homo, por vía de la selección natural.

Hace más o menos 100.000 años, poblaciones de H. sapiens salieron de su continente de origen -como ya había sucedido con el H. erectus- y poblaron la casi totalidad de los otros continentes (con excepción del Nuevo Mundo, donde la llegada de humanos fue tardía, y es todavía objeto de debate), substituyendo poco a poco a las poblaciones de otras especies del género Homo que en ellas habitaban. Pero el aislamiento de las poblaciones de la nueva especie nunca fue completo, y siempre hubo una orla de mestizaje en la periferia de los continentes. Los humanos son seres migratorios por excelencia, y la historia de las paleomigraciones todavía está en gran parte por hacer.

Por este conjunto de motivos –cuello de botella genético fundador, escaso tiempo evolutivo (en términos de evolución 300.000 años es un tiempo mínimo), cruces intercontinentales- nuestra especie permaneció bastante uniforme, sin formación de subespecies, variedades o razas.  Así, la noción de “razas humanas” perdió en la ciencia todo valor operacional, y nos queda distinguir y subdividir las poblaciones actuales en base o a grupos étnicos, o en grupos lingüísticos. Aun así, un pequeño número de genes que regulan ciertos trazos físicos, tales como la estatura, el grado de melanina de la piel, en enroscamiento de los cabellos, el recorte de los párpados y la nariz, confiere diferente apariencia física a los humanos actuales.    

La humanidad no se divide en blancos y negros.  Quien viaja del Africa ecuatorial a Escandinavia, o de Sudán rumbo a Siberia, encontrara un gradiente de coloraciones, con todos los matices intermedios. La cantidad de melanina en la piel varía con el ángulo de incidencia de los rayos solares, y tiene fuerte valor adaptativo. Un congolés en Finlandia no recibirá suficiente sol para mantener la calcificación de sus huesos, y un finlandés en el Congo se arriesga a enfermar con melanoma. 

Las diferencias de fenotipo indicadas son pretexto para las ideas racistas, que constituye una forma de manipulación de la realidad al servicio de las ideologías.  La ciencia de la evolución del hombre (hoy llamada Paleoantropología) dio caución a diversos modelos racistas desde el final del siglo XIX. Pero a partir de los años 1970 los datos condujeran a un modelo que invalida el concepto de raza para la especie humana (válido para designar fenotipos estables en animales domésticos, obtenidos por selección artificial). La biología molecular y un conjunto de disciplinas de varias áreas confirman, en convergencia, el buen fundamento de la nueva perspectiva.

Las ciencias de la naturaleza siempre fueron, y lo son tal vez más que nunca, blanco de apropiaciones y falsificaciones por parte de las ideologías, que alcanzan su máximo en la medida en que nos aproximamos de los temas predilectos: el origen del hombre y su posición en el universo. Ahora bien, mientras el racismo clásico postula niveles diversos de capacidad intelectual entre los pueblos, la xenofobia admite capacidades equiparables, pero declara incompatibles los comportamientos sociales.

Son las variaciones físicas en conjunto con las diferencias culturales (creencias, prácticas, prohibiciones, normas de convivencia) las que llevan a las actitudes de extrañeza y rechazo del otro.  Posiblemente no se encuentra sociedad humana exenta de pensamiento xenófobo: nuestros dioses son mejores que los vuestros, nuestros hábitos son preferibles a los vuestros, nuestra lengua es más perfecta, nuestro país es más legítimo, etc. –humano demasiado humano- y todavía producto del preconcepto. A falta de otro criterio, hace tiempo definí al H. sapiens como el único primate que se guía por el preconcepto. Esto viene del uso del leguaje, que nos despega de la naturaleza (en la cual permanecemos) como si tuviéramos un destino privilegiado.    

En cuanto a la idea de que el “hombre blanco” –entidad indefinible, pura abstracción- dispone de cualquier ventaja nativa para pensar o actuar, es errónea, sino irrisoria, y proviene de un olvido de la historia. Durante milenios el gran debate civilizacional de las ideas en el área de Europa se dio en las márgenes del Mediterráneo, entre hombres de piel pigmentada (egipcios, griegos, persas, fenicios, romanos, hebreos). Los humanos de color pálido eran denominados “hiperbóreos” por los griegos de los grandes siglos. ¿Qué pensarían Solón, Tales, Parménides, Protágoras, Anaxágoras, Tucídides o Platón, si les dijesen que esos “bárbaros hiperbóreos” eran los más dotados entre los humanos?   


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