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La muerte sigue viva en Somalia
Publicado 22 junio 2020



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Desde que llegó a la presidencia norteamericana Donald Trump, entre las muchas cosas que no hizo o ha hecho mal está su política respecto a Somalia, que se limita a bombardear sin demasiado orden diferentes zonas de país africano contra “posibles” bases terroristas, lo que ha provocado en más de una oportunidad se produzcan los trágicos “daños colaterales”. A pesar de la presencia de una importante dotación de la CIA, en Mogadiscio y el norte del país, no han logrado ubicar las bases reales de los terroristas, por lo que los ataques aéreos continúan siendo una ruleta rusa en la que participan los 15 millones de somalíes.

La semana pasada Human Rights Watch (HRW) denunció que al menos habrían muerto producto de esas operaciones aéreas siete personas, desde comienzo de año. El pasado 2 de febrero en Jilib, una pequeña aldea agrícola en el sur del país, tras el ataque de un dron murió una joven y resultaron heridas varias personas. Según los investigadores no se encontraron indicios de actividad terrorista en esa área. El 10 de marzo otra incursión aérea cerca de Janaale, a unos 95 kilómetros de Mogadiscio, atacó un microbús, en el que murieron seis civiles, entre ellos un niño. Mientras los familiares de los muertos niegan que hayan sido terroristas, el mando del Comando de África de Estados Unidos (Africom) insistió que pertenecían a al-Shabaab, dando por cerrada la discusión.

El desprecio de Trump respecto al país del Cuerno de África quedó rubricado ayer cuando en Tulsa, Oklahoma, en un mitin por su reelección, hostigando al congresista demócrata de origen somalí Ilhan Omar, dijo que su país de origen era: “un estado anárquico e ilegal” y se preguntó si Ilhan “quería que Estados Unidos degenerara a esos niveles”. Como si los Estados Unidos no hubiera hecho nada para que Somalia se haya convertido en el epitome del “Estado Fallido”.

El país africano sigue ignorado por la gran prensa internacional y solo le ponen foco cuando las acciones terroristas son espectaculares y los muertos demasiados para esconderlos entre tantas noticias intrascendentes en las que el occidente dominante, gasta tinta, horas y bits de su información.

Más allá de la falta de información al-Shabaab, el grupo terrorista ligado a al-Qaeda global, continúa su lucha de manera irreductible golpeando de forma más espaciada, pero con la efectividad de siempre.

En la noche del sábado 20 de junio, un atentado explosivo dejó al menos una docena de muertos y más de veinte heridos. El hecho se produjo en la ciudad de Wanlaweyn, a unos 90 kilómetros de Mogadiscio, la capital del país, en la región del Bajo Shabelle, donde frente a la residencia del comandante militar del área, que en ese momento se encontraba ausente, se plantaron dos explosivos; con el estallido del primero murieron cerca de nueve personas y resultaron heridas varias más. Según testigos, tras ese estallido, cuando guardias y vecinos se acercaron a socorrer a las víctimas, se produjo una segunda explosión, matando a varias personas más y produciendo más heridos. Esta táctica es de uso frecuente de estos grupos, aplicada en muchas oportunidades en Nigeria y Afganistán. Los heridos más complejos fueron trasladados a una base cercana de la Misión de la Unión Africana en Somalia (Amisom) instalada en el país desde 2007 con el objetivo de detener las acciones de los muyahidines.

El otro atentado tuvo como objetivo la base militar de Baadweyn, en la región de Mudug en el centro de Somalia, que alberga a la 21ª división del Ejército Nacional de Somalia (ENS), cuando los militares consiguieron evitar el ingreso de un coche bomba conducido por un shahid (mártir), lanzándole un cohete que lo hizo estallar, en una de las entradas al establecimiento militar. Tras la explosión inicial varios milicianos abrieron fuego contra los efectivos regulares, dando inicio a un combate que habría durado varias horas. Según la versión del alto mando, no se produjeron bajas entre su personal, aunque otras fuentes indican que habían sido varios los militares muertos. Que el enfrentamiento se haya prolongado varias horas, conspira contra la versión oficial, que siempre tiende a esconder o disminuir el número de bajas, al tiempo que al-Shabaab, quien se atribuyó el ataque, informó que dos o tres militares habían muerto y otros cuatro resultaron heridos, coincidiendo con lo aportado por los testigos del ataque. El perfil de la operación cuadra con el empleado en muchas oportunidades por al-Shabaab, utilizado contra otras bases militares, edificios públicos y hoteles, donde tras golpear con una detonación importante, milicianos abren fuego contra la vigilancia intentando ingresar al objetivo atacado.

También se conoció que duros combates se habrían producido entre una khatiba (brigada) de al-Shabaab y el grupo de vigilancia progubernamental Ma'awisley (en maay-maay, una de las leguas más habladas de Somalia, se podría traducir como “irregular”), después que los terroristas atacaran las aldeas de Yaqbariweyne y Kaba-hirig cerca del aeródromo de Baledogle en el Bajo Shabelle. Los Ma'awisley son una fuerza paramilitar, conformada fundamentalmente por jóvenes de diferentes aldeas del interior somalí, cuya función es darle protección a esas comunidades y evitar que sean copadas y cooptadas por los fundamentalistas, que también usan esas poblaciones como canteras para nuevas incorporaciones a sus filas. No se pudo conocer el número de víctimas de estos enfrentamientos.

Mientras esto sucedía, hombres del Ejército somalí protestaban en Mogadiscio, cortando una ruta de acceso, por el atraso de sus sueldos que en algunos casos pasan el año. Es frecuente que los comandantes se apropien de las remesas de los soldados activos, al tiempo que ocultan las bajas y las deserciones para seguir recibiendo esos sueldos.

La ventaja de tener amigos ricos.

El grupo fundamentalista al-Shabaab ha sido desde 2004 el jugador más importante de la realidad somalí. Los integristas llegaron a controlar gran parte del país, incluso Mogadiscio, hasta que en el año 2011 la intervención de la Amisom, la fuerza de paz de la Unión Africana en Mogadiscio, con unos 9.000 hombres de Uganda y Burundi, consiguieron expulsar a los terroristas de la capital, aunque desde entonces han seguido operando y generando graves atentados que han dejado cientos de muertos en sus calles como el de octubre de 2017, que dejó al menos 500 muertos.

De todos modos el grupo se ha mantenido muy activo, no solo copando pueblos y pequeñas ciudades en el interior del país o protagonizando grandes atentados en la capital, sino también atacando en diferentes oportunidades objetivos en Kenia, incluso en su capital Nairobi en 2013, 2017 y en la universidad de Garissa en 2015, y producido un total de víctimas que supera los 300 civiles muertos y ciento más de heridos.

Para mantenerse en estado de guerra con desplazamiento y acciones verdaderamente sorprendentes durante todos estos años, ha debido que tener un sostén financiero extremadamente ágil y pródigo.

En mayo pasado, en el marco de la “guerra” de declaraciones entre Turquía y los Emiratos Árabes Unidos (EAU) respecto a sus intereses en África y particularmente en Libia, donde Ankara apoya el gobierno de Trípoli mientras los EAU da sustento al bando del general Khalifa Haftar, en una declaración del Ministerio de Relaciones Exteriores turco se desliza que “el apoyo de los Emiratos Árabes Unidos a los grupos terroristas no es un secreto”. En el documento se dice que un grupo terrorista opera en Somalia. Y se explaya con toda naturalidad: “Las acciones de los EAU para alterar la paz, la seguridad y la estabilidad no solo en Libia, sino también en Yemen, Siria y toda la región, incluido el Cuerno de África, son una cuestión natural. También es un secreto que el gobierno de los EAU brinda apoyo a las organizaciones terroristas, particularmente a al-Shabaab y los grupos separatistas de Yemen”. El documento de Ankara termina aconsejando al gobierno de los EAU que se abstenga de la actitud hostil hacia Turquía y reconozca su papel.

Más allá de las declaraciones de Turquía sobre que los Emiratos estén apoyando a al-Shabaab, no existe evidencia, aunque los antecedentes de las monarquías del golfo principalmente Arabia Saudita, los EAU y Qatar, han invertido miles de millones de dólares en el terrorismo internacional y no solo respecto a grupos “islámicos”, sino también se sabe que han colaborado con los contras nicaragüenses y los fascistas italianos de Ordine Nuovo en la década del ochenta. Llegando a su máximo de aportes en la guerra antisoviética de Afganistán y en la invasión a Siria de 2010, en la que financió a miles de mercenarios que llegaron para sumergir al pueblo sirio en el infierno de donde todavía no emerge.

Las monarquías wahabitas han colaborado con las políticas de inestabilidad aplicadas por los Estados Unidos, en diferentes regiones, y son responsables de extender el terrorismo en la fase iniciada con la “Primavera Árabe” en 2011, desde Nigeria a Filipinas, por lo que Somalia, es solo un eslabón más de esa trágica cadena.


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