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En Cali, el virus del despilfarro y el autoritarismo
Publicado 6 febrero 2021


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En Cali, cifras moderadas calculan el desempleo en 350.000 personas, y las soluciones no llegan porque no hay políticas públicas estructurales.

Cali es reflejo de la forma desastrosa como en el plano nacional el régimen de Iván Duque ha asumido la pandemia originada por la expansión del coronavirus en Colombia.

Con más de 53.000 personas fallecidas y más de 2.100.000 contagiados por la covid-19, el sistema de salud y la gestión del gobierno uribista han demostrado su ineficacia y fracaso.

En el Valle del Cauca, los promedios son aterradores a finales de enero de 2021: un total de 1.292 contagios y 64 muertos diarios.

Hasta el 26 de enero de 2021, en Cali se registraron acumulados 115.351 casos de contagios y 3.232 fallecidos desde el inicio de la pandemia (finales de marzo de 2020).

Según cifras oficiales, el desempleo subió al 15,9% en todo el país, mientras los pulpos financieros usufructúan las erogaciones por decretos de excepción del gobierno.

Aunque no dispone de programa diario de televisión como Duque, el alcalde de Cali, Jorge Iván Ospina, hace un show callejero y mediático cada que puede.

Y dicta medidas coercitivas sobre la población a diestra y siniestra: toque de queda, pico y cédula, ley seca... La ciudad vive en estado de sito permanente.

Va por calles y barrios con su séquito de funcionarios patrullando y ordenando encierros, y enfrentándose a gritos con la gente, energúmeno ante los reclamos.

Funge de héroe sin capa, de Superman criollo; quiere aparecer como gran protector, ángel de la guarda contra la covid-19.

Pero sus políticas de inversión en materia de salud no impactan, y la inmensa mayoría de la población caleña padece el encierro sin empleo, muchos con hambre.

No se le nota la escuela

Gracias a la solidaridad del Estado cubano, Ospina se graduó de médico en La Habana y llegó a Colombia con una formación altruista.

Pero esa escuela no se le nota y, por el contrario, en la campaña electoral, con tal de ganar adeptos, no dudaba en lanzar dardos contra el sistema socialista de Cuba.

Portazos para un país que le tendió la mano luego de que aquí, en Colombia, su padre fuera ejecutado por el Ejército, el 28 de agosto de 1985, en el barrio Los Cristales de Cali.

En vez de liderar, como un verdadero reivindicador social, reclamos ante el poder central para que la solución de fondo (las vacunas) se materialice, se enfrenta con sus electores.

Y ni qué decir de aportar en la exigencia de una renta básica para los hogares más urgidos de atención en los confinamientos.

El alcalde de la Alianza Verde se acomoda fácil en el andamiaje del régimen de las élites y asume las funciones que el poder oligárquico le asigna.

Ya hacen parte del álbum del ridículo sus fotos con la bandeja de frutas con la que llegó a visitar al presidente del uribismo, tan pronto fue elegido en la Alcaldía de Cali.

Su independencia frente al Estado central brilla por su ausencia, y más bien lo que se nota es la repetición en lo local del autoritarismo y la ineptitud evidenciados en la esfera nacional.

En plena pandemia, después de marzo de 2020 y mientras impulsaba la campaña de “quédate en casa” para evitar el virus, desataba una ofensiva contra destechados.

En terrenos de Siloé, en el occidente de Cali, fue el primer embate del reformador Ospina contra personas humildes que ocupaban un terreno municipal para brindar cobijo a sus hijos.

Luego, contra comunidades de Pance, en el sur de la ciudad, en los conocidos episodios en desarrollo de los cuales un agente de la Policía se negó a reprimir.

Después, los constantes choques de sus brigadas de funcionarios con los vendedores informales y restauranteros, que se rebuscan ante la falta de empleo en la ciudad.

Mientras tanto, Aguablanca, el Distrito popular dentro del Distrito Especial como se le denomina oficialmente ahora a Cali, sigue a la espera de ayudas en medio de las afugias.

Extraña política social esta que se ensaña contra los menos favorecidos, precisamente para proteger proyectos de expansión de los grandes urbanizadores y comerciantes.

En Cali, cifras moderadas calculan el desempleo en 350.000 personas, y las soluciones no llegan porque no hay políticas públicas estructurales.

Despilfarro y cemento

De manera insólita, en medio de su arrogancia infinita, de su autismo ante la crítica, en diciembre de 2020 Ospina emprendió gastos desafortunados para la época.

Incurrió en multimillonarios contratos para una Feria de Cali “virtual”, que registró una mediocre repercusión en el canal Telepacífico y, ni qué decir, en las redes sociales.

Y, para más despilfarro, en otro multimillonario contrato para un alumbrado navideño móvil, remedo de los camiones que Coca-Cola pone a circular con bombillos en los diciembres.

Sobre Ospina había una expectativa popular grande, derivada de su discurso reformista y de que ya había sido alcalde entre 2008 y 2011, enfrentado a la rancia oligarquía caleña.

Tanto en 2007 como en 2019 contó con el apoyo de la izquierda, a la que dice no pertenecer, y, principalmente, de sectores de la burguesía vallecaucana.

El Partido de la U, el liberalismo y otros grupos de la politiquería regional lo acompañaron, y se reflejan en su gabinete y en su falta de políticas populares.

También, en el endeudamiento por más de $600.000 millones que le aprobó el Concejo de Cali para infraestructura.

Muchos le cuestionan la presencia en su gestión del sector de Juan Carlos Abadía, destituido exgobernador uribista del Valle, y del grupo de la baronesa electoral Dilian Francisca Toro.

El discurso socialdemócrata de Ospina, una vez más, no se corresponde con su práctica, proclive al cemento para dejar huellas físicas de su paso por la Alcaldía.

El problema es que esas huellas se plasman a un alto costo para los afectados con los gravámenes, como aquel de Valorización decretado para sus “21 megaobras” de 2008.

Aún hoy, miles de jefes de hogar afrontan los embargos derivados de esas deudas que financiaron puentes y vías de la primera administración de Ospina.

Todo demuestra que no basta con el discurso “social”, pues el alcalde de Cali, como sus predecesores, solo llega a administrar la hacienda de las clases dirigentes.

Y, pletórico de megalomanía, se quiere abrir paso a empujones para seguir escalando a las cumbres del Establecimiento burgués, a pesar de la pandemia del coronavirus.


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